26 sept 2011

Sequía

Y así termina el reinado de un sentimiento dudoso pero fuerte. Latente aún en época de olvido, no quiere irse porque lo necesita. Por este motivo dos estrellas se alzan en la noche y surgen de ellas, chorreando en el aire dos abundantes ríos, por un milagro indeseado. Se sospechaba que los Dioses querrían inundar las tierras lentamente bajo las cálidas y solitarias aguas saladas. Era tan cierto como desastrozo. Todo debía finalizar lúgubremente.
Es, para él, tan importante su reinado que aún cuando el vacío de las ahora ya frías y oscuras aguas lo intimida no puede ceder. Cree que antes de morir debe terminar, puesto que el fin de un reinado vale de una muerte personal, aunque sea usando su sangre como tinta las últimas palabras que lo aprisionan tan dolorosamente. Esas palabras las entregará a la luna, en el centro de la plaza en su ciudad.
El tiempo le enseñó, a lo largo de sus 7 meses de reinado, que debe aserciorarse de las cosas que cree o siente correctas. La duda es tan peligrosa como la mentira y ahora lo entiende. Se tienta a la mentira, cuando la cruda verdad le devela que su tiempo pasó, hacían ya más de 30 días... de los cuales dedicó 20 a querer olvidar siendo que el aire de sus pulmones ya no le pertenecían como así también carecía de sentido la razón por la que tanto se aferraba tan dulcemente.
Las palabras de su boca siempre fueron escasas, a veces sin sentido pero siempre con la más honesta verdad. Se lo dedicaba sólo a aquello que veía como sagrado, sólo a aquello que contemplaba atentamente. Tanto como para creer que el futuro le depararía algo mejor que una muerte alimentada por ilusiones. Creía tan fervientemente en un futuro iluminado que no notó que le invadía como un cáncer. Muchas veces le debilitó físicamente el tiempo que pasaba secamente enfrente suyo, mendigándole unos pocos minutos de palabras que le encenderían una sonrisa, hiriéndole aún más cuando se retirase con su presencia irónica. El Rey, esta persona que ahora se desangra por redactar unas pocas e importantes palabras sobre una hoja de papel destinada a la más pura y obsoleta verdad, sufre de la culpa.
Estuvo tuerto todo el tiempo. Siempre supo de la verdad, pero siempre lo quiso ver de otra manera. Sabía que debía en su momento alejar el filo de su ojo con palabras y no con el tiempo, que ahora le abandona para que se ahogue en eternos segundos de silencio. Quiere quedar ciego, quiere que al momento de dar su hoja empapada con sangre propia sólo una palabra le permita morir ciego, así no vé y arrepiente de lo que abandona. Se le vé triste, al saber tantas cosas y no poder hacer nada por tratar de burlar las palabras con silencio.
Observa, inerte, cómo la cálida luz del sol enfría su piel. Su rostro está vacío, su mirada perdida. Ve por su ventana para apreciar el fin de sus esfuerzos, de su creencia y sentimientos. Sólo le queda vivir esos 6 escasos segundos antes de decir esas palabras que debió anteriormente para arrojarse finalmente a las secas y saladas tierras para que su cuerpo deje una marca en el vacío.

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